Piamonte en moto: Montaña arriba

El Piamonte sigue siendo un destino de ensueño para motoristas aventureros, a pesar de que algunos tramos de gran aceptación ya no pueden ser recorridos. Un equipo de Touratech rodó por algunos de los clásicos de gravilla de mayor belleza.

Recorremos moderadamente las estrechas callejuelas de Oulx sobre nuestras motos adventure. No solo la población parece estar totalmente adormilada a estas horas intempestivas: la espesa niebla duerme también, formando gruesos bancos sobre el valle. Sin embargo, antes de llegar a la aldea de Fenils, el profundo azul del firmamento estival tardío le va ganando el pulso. A gran velocidad vamos subiendo por algunas serpentinas de asfalto para, tras unos pocos kilómetros, deslizarnos sobre gravilla cruzando un luminoso bosque de montaña.

Nuestro destino es el fuerte que se erige en la cima del Monte Jafferau. Durante años no fue posible llegar a él por las rutas clásicas, pero ahora el legendario túnel encorvado vuelve a ser transitable. A pesar de su laborioso saneamiento, en este pasadizo oscuro como la boca del lobo uno debe andar ojo avizor con los profundos charcos. Tras dejar atrás la oscuridad húmeda y fría al recorrer unos cientos de metros, la niebla se ha disipado por completo. Tras un sinuoso ascenso, llegamos a la meseta ubicada a las faldas de la cima y quedamos deslumbrados por las vistas montañosas de los alrededores. La casualidad determina que un fallo técnico nos mantenga retenidos precisamente en el fuerte durante algunas horas, por lo que logramos llegar al segundo destino del día, Colle dell’Assietta, a última hora de la tarde. Mientras que para entonces la niebla ya empieza a ganar terreno en los valles, a partir del Colle delle Finestre podemos disfrutar de vistas panorámicas por encima del mar de nubes.

Para la mañana siguiente nos preparamos para afrontar la sinuosa pista de montaña de Varaita-Maira. Comenzamos la ruta suavemente en las colinas que bordean el valle del Po y vamos ascendiendo la cordillera sinuosamente entre los valles de los ríos Varaita y Maira. El cuidado camino de gravilla pronto da paso a una pista de alta montaña cubierta de basta grava. De manera prácticamente imperceptible, durante nuestra marcha el cielo se va encapotando, hasta que por último comienza a caer una fina llovizna. Y en cuanto dejamos atrás Colle di Sampeyre, que cruza la carretera de forma prácticamente rectangular, el sirimiri pasa a ser una densa lluvia. Cuando comienza a tronar nos queda claro que el pícnic previsto en Colle della Bicocca, el destino de nuestro tramo, queda en aguas de borrajas. Nos damos la vuelta e intentamos descender por el Colle di Sampeyre asfaltado lo más rápidamente posible hacia el valle Maira. En él encontramos cobijo en un bar y recuperamos fuerzas con un montón de Focaccia. Por fin ocurre algo con lo que ya no contábamos: la lluvia cesa y las nubes se levantan. ¡En marcha!

Tan solo un breve tramo sobre calzada mojada por la lluvia, y llegamos a la aldea de Preit. Subimos el puerto que lleva el mismo nombre y dejamos atrás el asfalto. Ante nosotros se despliega uno de los tramos de gravilla paisajísticamente más bellos del Piamonte, la carretera Maira-Stura. Y, sin embargo, las nubes bajas nos hacen elucubrar sobre cuál será la situación a lo largo de la pendiente que asciende a lo largo de más de 2500 metros. En cualquier caso, aquí parece que no ha llovido: la gravilla está seca, por lo que podemos azuzar al máximo nuestras motos adventure. La pista asciende sinuosamente de forma equilibrada a lo largo de las laderas de montaña. De tierra, con gravilla fina o pedruscos – el suelo nos ofrece un variado programa para poner a prueba nuestros neumáticos. Lamentablemente, el cielo se va encapotando cada vez más, y nos vemos rodeados cada vez más frecuentemente por intensos bancos de vapor, hasta que se inician las densas lloviznas. Poco después de pasar por un cuartel militar destartalado, Caserme della Bandia, comienza a granizar con fuerza. Así es como se disipa la última esperanza de poder vislumbrar la imponente Rocca la Meja por un resquicio entre nubes. No tiene sentido seguir aquí arriba durante más tiempo. Además, lo que al principio se percibía como un murmullo apenas perceptible se convierte, un cuarto de hora después, en una tormenta de gran calibre con lluvias torrenciales. Por suerte, pronto llegamos a una carretera asfaltada que nos conduce en serpentinas hacia el valle. Está claro: tras una aventura como esta, el hombre de la civilización moderna vuelve a ser capaz de apreciar el lujo de una buena ducha, una pizza y cerveza. En cualquier caso, esta noche nosotros no cambiaríamos la acogedora taberna en la que nos encontramos en el valle Stura por nada del mundo.

A la mañana siguiente el cielo está reluciente. Los guantes enduro empapados se nos secan rápidamente gracias al viento a favor. Las amplias serpentinas nos acompañan durante la subida al Col de Larche. Un poquito antes de llegar al paso de alta montaña, abandonamos la carretera principal. Cruzamos el pueblito de Saint-Ours y llegamos al comienzo de la pista que nos conduce a Col de Mallemort. El camino nos lleva, cuesta arriba, más allá de la población, bordeando luminosos bosques de alerces. Si bien uno podría pasar por alto el desvío hacia el puerto, lo cierto es que parece un caminito de bosque cualquiera. Por él, un vehículo de cuatro ruedas cabría dificultosamente. Sigue el recorrido de un arroyo y lo cruza en un vado, aumentando así con creces su grado de dificultad. La basta grava, parcialmente en tramos de varias de decenas de metros, serpentinas estrechas con erosión profunda y una gravilla honda caracterizan al tramo a partir de ahora.

Por último, llegamos a un circo plano desde el que el sendero de grava basta vuelve a ascender formando estrechas serpentinas. Con las motos adventure cargadas hasta los topes, este tramo ya ronda el trabajo pesado. Y, sin embargo, lo peor está por llegar: poco después del fuerte destartalado termina el camino de dos carriles y se convierte en una pista única. Las primeras serpentinas pueden superarse aún con brío y alta velocidad de un tirón, pero cuanto más ascendemos, más se empina el terreno y más se estrechan los radios.

A partir de aquí, la única opción es ir reculando por las curvas, lo que, teniendo en cuenta los acantilados verticales que vemos bajo el sendero, requiere nervios de acero. No obstante, pronto llegamos a un collado de montaña que nos brinda una buena panorámica del terreno. Calculamos que hasta el fuerte de la cumbre sobre Tête de Viraysse nos quedan aproximadamente algo más de treinta de estas curvas de infarto… cada vez con un mayor desnivel. Teniendo en cuenta las nubes tormentosas amenazantes, muy a nuestro pesar decidimos cancelar la experiencia de una apoteósica calada final en la cumbre. Tras un descenso tan dificultoso como palpitante, volvemos al fuerte. Justo a tiempo para poder cobijarnos bajo un edificio provisto aún de un techo intacto. Cuando el granizo empieza a convertirse, tras veinte minutos, en lluvia, salimos de nuestra madriguera para comenzar el descenso por rocas resbaladizas y grava imprevisible.

En el valle, los compañeros del equipo de carretera disfrutan dando vueltas placenteras con un tiempo otoñal tranquilo. Pero bueno, esto no es motivo de enfado. No en vano, los cambios bruscos de tiempo forman parte de las salidas enduro, al igual que las vistas espectaculares, siempre que uno se atreve a subir a las alturas.